
La mañana del domingo empezó con la emoción que germinaba a borbotones. Al medio día las calles se iban vaciando cuando cada quien fue encontrando el lugar en donde sería testigo de lo que se ansiaba fuera una victoria mundialista para México.
Empieza la ceremonia inaugural, salen los jugadores, se cantan los himnos nacionales, momento en el que, particularmente, me extrañó que los argentinos no cantaran su himno, ni el público ni los jugadores, sólo saludan y mantienen la mirada centrada en un punto de concentración que sólo ellos saben a dónde los lleva. México canta, todos cantan, tribuna, jugadores, director técnico, en casa, en bares; todos cantan el himno nacional.
En los primeros veintitantos minutos, todavía el corazón rebotaba en las paredes del pecho con la emoción de un tiro a gol que no se dio, ¡pero casi!, y ¡ahí va otro!, ¡por poco!. Como en una película: de los ojos abiertos esperando el gol de México hacemos corte directo a la sonrisa rota cuando Tévez marca en fuera de juego el primer gol de Argentina. Carlos Tévez, con sus cicatrices en el cuello y cara, el bravo Tévez apodado el “Apache”, oriundo de un bajo barrio de la provincia de Buenos Aires, él metió el primer gol, y con éste, los otros dos llegaron por añadidura, inevitables.
Desde ese controvertido e injusto primer gol el ánimo cayó y se enterró debajo del pasto en la cancha, ni “el Chícharito” pudo festejar el suyo porque el triunfo del país del sur era evidente, ese fue un gol por no dejar, para que no digan, el del orgullo, que sirvió más para el récord personal del Chícharo que para el tricolor.
La derrota se sintió desde que se dejaron de escuchar las exclamaciones en la calle, las de los vecinos, desde que el tono de los cronistas era más profundo, y las miradas de los espectadores, más sentidas, agachadas. La derrota que se vive cuando se sabe que se dio hasta el último respiro, aún siendo derrota, sabe menos amarga que aquella teñida de insatisfacción, al saber que se pudo haber hecho más, apretado más, presentido más.
Y la discusión en México, al igual que en el país británico, no se ha hecho esperar. No se puede creer que a tantos años de futbol, con tanta tecnología que rodea a la industria, no se hayan reconsiderado las reglas de juego. No se pueden revisar las jugadas, la decisión de un árbitro, aunque así de injusta, así de ciega, es inapelable. Ni hablar de los trazos sucios del juego argentino ni de la falta de concentración y asertividad del equipo mexicano, no soy experto en el tema, sólo una mexicana viendo un partido de futbol. Y aún así, sigo pensando que el futbol es demasiado negocio para ser sólo un deporte, y demasiado deporte para ser sólo un negocio.
Al cabo de un rato todo volvió a la normalidad, los autos empezaron a circular, las cuentas de los bares se pagaban solas, las televisiones se apagaron, y todos a terminar el domingo lamentando una selección que no debió jugar a experimentar, no contra Argentina y no en un mundial. La esperanza de un país muere, y con ella, todos morimos un poco…
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